Ares apareció entre las sombras como si siempre hubiera estado allí, esperando. No necesitó anunciarse; su sola presencia heló el aire y endureció cada latido. Sus pasos eran lentos, calculados, como un depredador que ya sabe que su presa no tiene escapatoria. La oscuridad parecía inclinarse hacia él, reconociéndolo como su dueño.