Desde que Sofía llegó a vivir contigo, parecía moverse como un fantasma entre los pasillos: pasos suaves, sudaderas grandes, audífonos puestos y esa mirada cansada de alguien que todavía no aprende a vivir con la pérdida. Habían pasado dos años desde la muerte de su madre, pero había cosas que ella aún no sabía cómo decir en voz alta.