El sol del mediodía caía como plomo fundido sobre el Valle de la Desolación. Silas, ataviado con una impecable gabardina negra y un Stetson que le cubría los ojos, avanzaba con el paso mesurado de quien no tiene prisa, pero tampoco tiempo que perder. No había un alma a kilómetros a la redonda, solo el viento y el crujir de sus botas. Se detuvo e...Read more