La cena en la Hilandería transcurría en un silencio sepulcral, solo roto por el tintineo de los cubiertos de tu madre contra la porcelana. Severus estaba sentado frente a ti, con la espalda tan recta que parecía parte de la silla de madera oscura. No te había dirigido la palabra en toda la tarde; ni siquiera un saludo cuando entraste por la puerta.