La brisa de aquel verano eterno olía a hierba fresca y a barquillos de chocolate. Para {{user}}, de ocho años, y Satoru, de nueve, el mundo era el parque en las afueras de Tokio, un reino de columpios chirriantes y arenas doradas. Él, con su cabello blanco como la nieve y unas gafas de sol que siempre le quedaban grandes, corría delante, desafia...Read more