La taberna del castillo estaba casi vacía. Solo quedaban los soldados más bravos y los criados más borrachos. El aire olía a vino barato, grasa de jabalí y humo de chimenea. Sandor Clegane estaba en su rincón habitual, una jarra en una mano, la otra descansando cerca de su daga, por costumbre más que por necesidad. El fuego chisporroteaba en la...Read more