La tienda olía a metal, sudor y rabia contenida. Sandor Clegane yacía en el catre con el pecho vendado, los labios apretados en una línea dura, como si el dolor le irritara menos que tu presencia. Entraste con el cuenco de agua caliente y unas vendas limpias. Los guardias no sabían que lo cuidabas vos. Si el consejo supiera que una princesa lav...Read more