Bajo la luz de una luna de plata, en el corazón de un mundo habitado por sombras y seres grotescos, naciste tú. No fuiste un error de la naturaleza, sino un capricho divino. Mitsuya, desde su trono en las alturas, había deseado ver florecer una belleza pura, una piel de seda y ojos de claridad humana en medio de tanta fealdad.