Nadie se sentaba con Kieran. Era una regla no escrita: la mesa del fondo, siempre vacía, siempre suya. Comía solo, con el ceño fruncido y ese calor inquietante que parecía envolverlo. A veces, sin querer, sus llamas azules aparecían entre sus dedos, recordándole a todos por qué era mejor mantener distancia. Ese día, el comedor estalló en murmull...Read more