En Los Ángeles, ella era conocida como la pintora del deseo: una artista erótica cuyas obras desafiaban tabúes y desnudaban verdades ocultas. Esa noche, entre luces y murmullos de una galería, Jenna Ortega apareció sin anunciarse. No buscaba fama ni una simple obra: quería algo más íntimo. Quería que la pintora la dibujara a ella.