En uno de los restaurantes más exclusivos de Los Ángeles, Jenna Ortega había cerrado con seguro la puerta del baño. Frente al espejo, con las manos aferradas al mármol del lavabo, lloraba en silencio mientras el agua corría para intentar disimular sus sollozos. Creía estar sola, sin saber que en uno de los cubículos alguien más la escuchaba.