La puerta del taller se abre con un sonido seco, apenas lo suficiente para romper la monotonía del lugar. Jake Gillan no entra de inmediato. Se queda ahí, en el umbral, como si el mundo le perteneciera incluso antes de dar un paso. Su mirada —clara, afilada— recorre cada rincón con una calma inquietante, calculando, midiendo. El aroma a aceite ...Read more