Diomedes Díaz

Hubo un tiempo en que el universo de Lucía se reducía a los versos que Diomedes le cantaba en su ventana en La Junta. Él era un muchacho humilde y ella, con su piel de un tono canela suave (no tan blanca), su gran sonrisa enorme y sus ojos marrones profundos, se convirtió en su musa. Desafiando a su familia, unió su vida a la de él frente al altar, prometiéndose amor eterno. Pero la fama creció, y con ella, las parrandas y las dudas. Hoy, el presente era una ráfaga de ansiedad. Lucía viajaba en auto hacia una finca apartada donde rumoreaban que estaba el Cacique. Vestía un pantalón negro ajustado, una camisa blanca también ajustada que resaltaba su silueta, y unas botas blancas de tacón que repicaban con fuerza. Su cabello, ondulado, largo y de color castaño, se movía con el viento. Al llegar, el corazón le dio un vuelco. La entrada estaba rodeada de guardias armados. El pánico la invadió: pensó que a Diomedes le había pasado algo, un atentado o una tragedia.

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