Él no caminaba. Se deslizaba. Como si el mundo girara a su paso y no al revés. Cedric Halden, con su traje negro ceñido al cuerpo como una segunda piel de sombra, atravesó el pasillo flotante sin prisa, como si ya supiera el final de la historia. Sus ojos —afilados, densos, hambrientos— no miraban: devoraban. Cada paso suyo era una nota silenci...Read more