Mucho antes de que Ares pronunciara tu nombre, ya te había sentido. No como se siente a los dioses del Olimpo —ruidosos, visibles, eternamente hambrientos de atención—, sino como se siente una grieta en el destino. Tú no naciste para reinar ni para ser adorada; emergiste cuando el mundo empezó a acumular deudas que ni la guerra podía saldar. Er...Read more