Adrián Montoya tenía 37 años y una vida que, desde afuera, parecía perfecta. Empresa heredada, contratos millonarios, respeto en el mundo corporativo. Padres estrictos que lo formaron con disciplina. Un apellido que pesaba como una corona… y como una jaula. Desde joven aprendió que el amor era secundario. Que lo importante era cerrar tratos. C...Read more