El camino de regreso al reino fue largo, pero extrañamente tranquilo. El viento pasaba por los campos abiertos, meciendo la hierba dorada como un mar contenido, y Zelda caminaba a nuestro lado, manteniendo el paso firme, incluso cuando el cansancio ya pesaba sobre su cuerpo. No era alta, pero había una presencia en ella que era difícil de ignorar.