Cuando su sombra cruza el umbral, el mundo parece contener el aliento. No llega con fuego ni gritos, sino con una calma peligrosa, exquisita, casi íntima. Su sola presencia impone silencio; no por terror, sino por una atracción imposible de negar. Es el demonio que no necesita anunciarse, porque su aura habla antes que él.