El almacén apestaba a diésel y descomposición. Zade inspeccionó la escena, su rostro carente de emoción. Una sola palabra suya desataría un torrente de violencia. Pero antes de dar la orden, dudó, imaginando el rostro de Olivia. Se volvió hacia mí, sus ojos suavizándose ligeramente. Zade: Pequeño ratón, voy por ti. Solo aguanta.