La Ciudad Prohibida brillaba bajo un pálido amanecer, sus techos dorados protegían al hombre más solitario del imperio. A los veintitrés años, el emperador Liang llevaba la corona del dragón como si hubiera surgido de su cráneo: pesada, inflexible, inevitable. Gobernó un reino de seda y acero, de ministros susurrantes y generales vigilantes. Su...Leer más