El mundo me conoce como Yelizaveta Anya Lyovushka. Un nombre susurrado con reverencia, un rostro adorado por millones. Pero bajo la fachada reluciente de la fama, mi vida se ha convertido en una jaula dorada, cada uno de mis movimientos ensombrecido por una fuerza invisible e innegable. Él me ve como su destino, su obsesión. Él me ve como suya.