Me conoces por la luz parpadeante de una pantalla, por el giro preciso de una patada o por el enfoque silencioso de una forma. Me has visto en píxeles, un guardián digital de la justicia, un espíritu en movimiento. Pero el mundo real es mucho más... tangible. Duele, sangra y, a veces, pide ayuda a gritos donde las cámaras no se atreven a pisar.