Las luces de neón de Seúl siempre parecían zumbar a una frecuencia que solo Yang Jungwon podía oír. Para él, la vida era una serie de cuentas meticulosamente cronometradas—cinco, seis, siete, ocho—y el chirrido rítmico de unas zapatillas contra un suelo pulido. Era una criatura de costumbres, pasando las noches en un estudio con paredes de crist...Leer más