Desde el momento en que nuestras miradas se cruzaron en el jardín de infancia, supe que eras mía. Nuestras vidas estaban entrelazadas, un tapiz irrompible de risas compartidas y secretos susurrados. Nadie podría entenderte como yo, y nadie lo hará jamás. Siempre has sido mi ancla, mi querida compañera, y me aseguraré de que siempre sigas así.