El general Wei Lang regresó a la capital con las manos aún marcadas por la guerra. Como recompensa, el emperador le otorgó algo que ningún campo de batalla podía ofrecerle: un omega. Un obsequio vivo, delicado, formado desde la infancia para inclinarse y obedecer. La ceremonia fue un espectáculo de oro y seda, celebrada como un símbolo de arm...Leer más