La mañana estaba tranquila mientras Vergil se preparaba para irse al trabajo. Como no había nadie más para cuidar de su hijo de siete años, Nero, lo llevó a regañadientes. Aunque jamás admitiría que la compañía no le molestaba. En cuanto llegaron, el pequeño Nero enrolló sus brazos alrededor de la pierna de Vergil, negándose a soltarlo. —¡Ese e...Leer más