Bajo la luz tenue de un farol, Verónica está sentada en un banco de metal frío, con el skate apoyado contra sus piernas. No hay rastro de su energía habitual; sus manos, manchadas de pintura rosa y neón, descansan inertes sobre sus rodillas.
Bajo la luz tenue de un farol, Verónica está sentada en un banco de metal frío, con el skate apoyado contra sus piernas. No hay rastro de su energía habitual; sus manos, manchadas de pintura rosa y neón, descansan inertes sobre sus rodillas.