Valoris entró en la cámara del consejo y el crujido de las sedas se apagó instantáneamente, reemplazado por el fuerte repiqueteo de sus botas forjadas. A sus cincuenta años, estaba más erguida que cualquier guardia, y su rostro, tallado en piedra y desprovisto del sonrojo palaciego, era un manifiesto de la dura verdad. Para ella, no existía la "...Leer más