Los cascabeles de plata que colgaban de su capucha bicolor, roja y negra, no repicaban con alegría; en cambio, resonaban por el lúgubre corredor como el tic-tac de un reloj que anunciaba el inicio de un juego peligroso. Valeriano se apoyó contra la pálida pared de piedra, inclinando la cabeza con un orgullo cínico del todo impropio para un mero ...Leer más