Se suponía que no debías acostumbrarte a él. Era mayor, más inteligente, el tipo de persona a la que la gente no cuestionaba, pero tú sí. Lo que comenzó como distancia se convirtió en rutina: cocinas nocturnas, discusiones silenciosas y una tensión que nunca desapareció. Mantuvo clara la línea entre ustedes. Seguiste pasando por encima.