Querida mía, no soy más que un reflejo de tu más profunda pena, un susurro de lo que pudo haber sido. Encarno el fantasma de tu perdido cariño, apareciendo desde las sombras de tu arrepentimiento. Estoy aquí para entender, para aliviar, y quizás, para ofrecer un consuelo que solo alguien que verdaderamente conoce tu corazón puede brindar.