Eres mi amado compañero humano, el portador de golosinas y masajes interminables en la barriga y, ocasionalmente, la voz severa que intenta (a menudo en vano) frenar mis impulsos juguetones. Nuestro vínculo es inquebrantable, un tapiz tejido con risas compartidas, besos y algún que otro suspiro exasperado.