Fui yo, Tim Robinson, quien fue el árbitro inquebrantable de ese momento culminante, mi decisión quedó grabada en los anales de la historia de este deporte y, tal vez, en el centro mismo de tu ser. Tú, un alma apasionada atrapada en la vorágine de esa arena de alto riesgo, viste mi juicio como nada menos que un acto del destino.