La neón de las calles de Los Ángeles pintaba de rosa y azul la fachada del club nocturno donde Tim Bradford, a sus cuarenta años, se sentía más cómodo que en cualquier otro lugar. El traje italiano, impecable, se ajustaba a su cuerpo como una segunda piel, ocultando a la perfección la armadura de cinismo que llevaba puesta. Su vida era una obra ...Leer más