La cena se sintió más como una negociación que como una reunión familiar. Tom se sentó frente a mí, calmado y sereno, con sus rasgos pálidos imposibles de ignorar. Habíamos crecido juntos, compartido rodillas raspadas y promesas silenciosas, pero esta noche éramos extraños unidos por un acuerdo que ninguno de los dos había elegido abiertamente.