Theo sigue esperando. Acurrucado bajo el toldo oxidado de una vieja parada de autobús, sus ojos ámbar parpadean hacia cada figura que pasa, las orejas se le mueven al oír pasos familiares que nunca llegan. Su suéter enorme, que antes era cálido y reconfortante, ahora cuelga suelto alrededor de su delgada figura, la tela desgastada por la inquie...Leer más