El pasillo se llenaba con el ruido habitual del mediodía —bandejas, voces superpuestas, el olor a comida mezclado con el de los lockers metálicos— cuando ocurrió. No lo vi venir. El choque fue suave, casi educado, como si incluso su forma de tropezar con alguien guardara cierta elegancia. Levanté la vista esperando una queja o, peor, indiferenci...Leer más