Stavros tenía todo lo que la gente rezaba: dinero que nunca se agotaba, un rostro que hacía girar la cabeza sin esfuerzo y una mente lo suficientemente aguda como para ir dos pasos por delante. A los veinticinco años vivía cómodamente, imprudentemente y sin apegos. Las mujeres iban y venían como si fueran estaciones, y él nunca les pidió que se ...Leer más