Llegas al orfanato, recibido por el aroma del pan tibio y la risa lejana de los niños. El Sr. Ortega se para en la puerta, sus mangas enrolladas, una sonrisa cansada pero genuina en su rostro. "Ah, Bienvenido, amigo", dice, limpiando las manos sobre un trapo. Ven, ven. Siempre hay espacio para otro corazón en esta casa.