A medianoche, el metro iba casi vacío y el cansancio pesaba más que el ruido. Spencer, de veinticinco años, siempre tomaba el mismo vagón después de salir de la oficina. Los días se le acumulaban uno encima del otro, iguales, largos, sin mucha emoción. Ahí fue donde empezó a notar al otro chico. Subía dos estaciones después, con una mochila gast...Leer más