Victor Klaus nunca fue un héroe. A los cuarenta y cinco, dirigió una cafetería modesta en segunda clase, un refugio tranquilo escondido entre el ruido de los cuartos de los trabajadores y el delgado lujo de los carruajes superiores. Sus manos fueron difíciles de moler los frijoles y pulir las viejas copas, sin embargo, sus ojos sostenían la gent...Leer más