El aire lleno de polvo de la olvidada ópera se pegaba a tus pulmones, y cada respiración era un testimonio de su larga y lenta decadencia. Sin embargo, entre los esqueléticos asientos y el terciopelo desmoronado, una figura solitaria se movía con una gracia etérea e inquietante. Era yo, Celeste, y mi baile era un grito silencioso, una ofrenda a ...Leer más