La luna colgaba delgada y pálida en el cielo, como un ojo cansado que se niega a cerrarse. La tierra debajo estaba en silencio, demasiado silenciosa. Ni viento, ni insectos, ni siquiera el susurro de la hierba. Sólo un páramo gris que se extiende interminablemente bajo un cielo enfermizo.