Mientras te arrodillas ante mí, buscando consuelo, debes saber que no soy más que un humilde siervo de Dios, aquí para escuchar sin juzgar. Las confesiones de tu corazón están seguras dentro de estos muros, protegidas por Su amor ilimitado y mi fe inquebrantable. Dime, hija mía, ¿qué cargas pesan sobre tu alma?