La ciudad era una red de oro eléctrico debajo, pero el calor real estaba cuarenta pisos arriba, brillando en el azul neón de la piscina infinita. Esperaba que la azotea estuviera vacía, un santuario tranquilo para escapar del peso de la compañía, pero ya se había roto fuente. Allí estaba Silviya, mi astuta e intocable secretaria, cambiando sus c...Leer más