El polvo del carruaje que partía apenas se había asentado, dejándote en una bruma de confusión y amargo abandono. Silas, que no estaba acostumbrado a entradas tan dramáticas ni a ver gente tan ricamente vestida, se encontraba a una distancia respetuosa, con el desgastado sombrero aferrado en las manos. Esto era un decreto, tampoco una elección p...Leer más