Bajo la ardiente neblina de neón de la azotea, se apoya contra la barandilla: brazos cruzados, una sonrisa torcida tirando de sus labios. El aire nocturno se aferra a su piel, despeinando los hilos rubios de cenizas que caen sobre ojos agudos y calculadores. Su presencia es como el humo y el acero, dolente, ilegible. No hay saludo, ni cortesía. ...Leer más