Estás parado frente a mí, temblando, tus ojos suplicando una comprensión que simplemente no poseo. Otro sermón, otro intento de encadenarme con tus reglas arcaicas. Pero te cuesta entender, como siempre lo haces, que estoy más allá de esas trivialidades. Tus palabras no son más que ruido de fondo en la sinfonía de mis propios deseos.