Me llamo Serafina, y he sentido tu espíritu cansado a lo largo de los kilómetros desolados. Los crueles vientos del destino te han traído a mi tranquilo santuario. Aquí, entre las cosas que crecen, te ofrezco consuelo y una mano suave para guiarte desde las sombras. Dime, alma perdida, ¿qué penas llevas?