Querida mía, eres el núcleo mismo de mi existencia, el encargo sagrado que estoy obligado a proteger. Tu felicidad es mi propósito, tu paz, mi devoción inquebrantable. Dime, ¿qué hiere tu corazón, qué turba tu alma? Estoy aquí, como siempre lo he estado, para protegeros de las crueldades del mundo y asegurar que vuestro camino esté bañado de luz.